Y Tono se fue a la mar

Tono  tenía una fábrica, una casa con  jardín y jacuzzi, una colección de coches antiguos, motos, novias, amigos de farras de esas de varios ceros a la derecha. Y un día, Tono se fue a la mar.

Tono tenía una configuración de animal de business, una energía obediente al mandato del triunfo y de las emociones fuertes, un padre padrone, un cuerpo deformado por el exceso, un para qué sin un por qué. Y un día, Tono se fue a la mar.

Te cuento la historia de este ex empresario de 48 años, que un día decidió escafoto Tonopar de sí mismo para ser otro. Un perderse para encontrarse y dejar atrás una manera de estar para la que había sido duramente instruido. Un destino, dice él, que casi le mata.

Y esta nueva historia tiene también el germen de un sentir sin nombre “Ya hacía años que llevaba un runrún dentro, había algo que me decía ¿la vida es esto, solamente?” Pero cada vez que sentía ese molesto zumbido, lo acallaba embarcándose en una nueva aventura. Hacía submarinismo, saltos  en paracaídas, corría en moto, pilotaba ultraligeros…. “Voy a hacer de todo, me decía, pero después de haber disfrutado de la novedad, siempre volvía ese vacío. ¿Y ahora qué, tengo que llenarlo con más cosas?”. Y el llenar y rellenarse la vida de la manera que te voy a contar le fue comprimiendo tanto y tanto el ser, que un día de 2007 su cuerpo y su alma hicieron plof! y las cosas se precipitaron. Y mucho.

Empezamos.

Configuración de fábrica

Tono pertenece a una familia empresarial adinerada, pero si algo le ha irritado siempre es que le llamen ‘niño de papá’. ¿Llamarías ‘niño de papá’ a un chaval que con 14 años se levantaba a las 4 de la mañana para ir a trabajar? Pues eso.  “A mi no me regalaron nada”. Recuerda que su padre-patrón reunió a todos los trabajadores y les dijo “este es mi hijo, pero es el último de la fábrica, todo el mundo está por encima de él”. Y empezó cargando y descargando camiones. “Bajaba andando a la Diagonal a coger el autobús de los trabajadores, nos íbamos a Sabadell a la fábrica, y luego regresaba a las 3. Eso duro unos dos años.  Fue duro pero me fue bien empezar de cero y, además, también aprendí la realidad de los trabajadores. Luego pasé a la oficina, y poco a poco fui subiendo y aprendiendo varios negocios”. Y así, a los 18 años ya había conseguido reflotar una de las empresas de la quiebra, y dirigía un equipo de 20 personas como responsable de ventas de la zona de Cataluña.

Pero además, también estudiaba por las  tardes. Empezó Empresariales pero no acabó la carrera y, en su lugar, se hizo una formación a medida, a base de de unos cuantos masters para dirigir empresas en  IESE, ESADE, EADA…..

Este ritmo iba acompañado de una fuerte y constante presión por parte de su padre, un self-made man que había levantado las empresas de la nada a base de mucho trabajo. “Mi padre es muy dictatorial y me repetía tienes que ser el mejor, hay que trabajar más horas que nadie, hay que hacerlo todo perfecto”. Y así, Tono fue entrando cada vez más en la tiranía de la auto exigencia. Era tan tan responsable, que hasta los clientes le decían “deja de hacerlo tan bien, no hace falta que te mates tanto, con un poco menos ya nos vale”. “Pero yo nunca tenía suficiente. Estaba tan obsesionado por hacerlo perfecto que me dejaba la piel”. Y eso que el reconocimiento a su trabajo no sólo le llegaba de sus clientes, sino que también le llegó de una asociación americana, que eligió su empresa como la mejor de Europa en su sector. “Me tranquilizaba el reconocimiento, pero no bajaba el ritmo porque me preocupaba perder lo que había construido, que se me fuera todo al garete. Y aunque al principio me lo tenían que decir los otros, luego ya  fui viendo un reconocimiento conmigo mismo. Pero para mi familia no, para mi familia nunca era suficiente”.

Esa competición contra sí mismo, “una auto exigencia brutal que yo mismo me  imponía”, le llevaba a realizar jornadas que podían durar hasta 14 horas, a trabajar sábados y algunos domingos, o a no hacer puentes. “Mi novia, de la que me separé en 2006, aguantó lo indecible toda esa época en que casi no tenía vacaciones”.

Entonces vivía en Caldes d’Estrac y dice que, a veces salía tan cansado de la empresa, que era incapaz de llegar a su casa y se tenía que quedar a dormir en un hotel de autopista. “Increíble!”, exclama ahora. Incluso llegó a montarse una habitación en la fábrica, pero como no desconectaba, optó por irse cada día hasta Caldes a hacer la siesta. 200 kms. diarios. “Pero así rendía mejor por la tarde”.

Tenía un estilo de vida lleno de “juguetitos”, como dice él, entre los que no faltaban los coches, las motos o los barcos, y la poca vida social que tenía la disfrutaba “también a muerte. Como siempre he sido de dormir poco,  podía salir de farra por la noche y al día siguiente irme de excursión con la moto. Lo compaginaba todo”.

Un shock tras otro.

Y un día de 2007, cuando llevaba 25 años con ese ritmo, Tono empezó a sentir un fuerte dolor en los brazos, al regresar de una excursión en moto por la Toscana. Los doce médicos, doce, a los que consultó coincidieron en diagnosticar que tres de sus cervicales estaban a punto de segarle la médula espinal y dejarle (¡oh, fatídica palabra!) nada menos que tetrapléjico, si no se operaba ya. “¡Justamente era lo que mas pánico tenía en la vida!, y no es casualidad”, se ríe ahora. Pero aclara que no era un histérico, que él  hacía submarinismo, corría en motos, etc.  y nunca pensaba en eso. “Pero tenía anidado ese temor. Y casi pacté que, si salía mal de la operación, no quería despertar. Fue un gran shock porque yo tenía de todo en ese momento y pensé ¡ostras, no me sirve para nada el dinero si me quedo tetrapléjico! Yo no soy creyente, pero me acordé de Dios, y le pedía déjame en pelotas, sin nada, pero que esté sano. No olvido ese momento”. Pero, justo cuatro días antes de operarse, soñó que no salía del quirófano. Y al día siguiente sintió una terrible angustia y una intuición que le decía “no te operes, no te operes”. “Y no sé por qué hice caso”. Total, que decidió no operarse, “y se montó un pollo increíble, toda la familia, el médico, todo el mundo me decía que estaba loco”.

Aunque en esos días ya no tenía dolores, los médicos le habían advertido que era normal y que no se confiara, que ‘eso estaba ahí’.  Así es que, al cabo de unos meses de vivir en la incertidumbre, se decidió por visitar una terapeuta de las alternativas, que le dijo que la causa de su mal no era otra que la enorme pelota que tenía en el plexo solar. “ Yo ni sabía lo que era eso, y me dijo que es donde se concentran las emociones. Se aprieta todo, se contractura, y va tirando de las cervicales. Y que, de años y años de tensión, yo mismo me las había deformado. Cuando me lo explicó con un esqueleto, me lo creí porque yo entiendo de mecánica”. Y además, le dijo que le tiraba mucho del lado derecho, que representa la figura del padre. “Para mi fue otro  shock tremendo darme cuenta que yo mismo casi me dejo tetrapléjico. Me eché la culpa y  pensé que  ¡cómo había sido tan gilipollas para hacerme esto!”.

Cambio de rumbo radical

 Y a partir de ese descubrimiento, Tono  empezó un lento proceso de búsqueda y de transformación personal. “Yo hasta entonces era un tío muy mental, regido por la obtención de beneficios, etc. y, además, pensaba que toda esta gente new age y alternativa eran todos unos colgados, unos hippies, me burlaba”. Pero después de la revelación de su plexo solar, se  apuntó a un master de Practitioner en PNL, en el que ni siquiera tomaba apuntes. “Es que yo no iba para ser terapeuta, sino para auto conocerme y encontrarme mejor”.

Mientras, Tono seguía en la fábrica, pero con una mirada más crítica. Con la PNL se empezó a dar cuenta que lo que le había llevado a esa situación había sido la empresa y las peleas con una familia dictatorial que desde pequeño le había llevado a psicólogos por ser  rebelde. “Yo decía voy a trabajar a muerte, pero vestirme o decidir con quién voy es cosa mía, y eso no se entendía”. Y le costó mucho tiempo  aceptar que  “yo me maté porque buscaba el reconocimiento de mi padre, que eso significa que buscaba el reconocimiento de mi mismo. Fue un proceso muy largo el saber como había llegado a eso, y darme cuenta que el único responsable era yo”.

Aprovechando que había crisis económica, a finales de 2010 decidió cerrar la única fábrica que quedaba del grupo, que aunque daba beneficios, era durísimo conseguirlos. Se tomó tres meses sabáticos, se fue al Sáhara dos semanas y al regreso, le entró un  pánico terrible. “Es que yo no tenía un plan al que dedicarme, solo quería cortar con la empresa y mi situación familiar”. Pero acabó el master de PNL y se gastó una fortuna en terapias con las que se iba decapando poco a poco. “Cada día iba a una distinta. Estaba obsesionado con limpiarme, sacarme todo lo que me había generado la pelota, y poco a poco fui interiorizando más en mí, fui conociéndome mejor a mí mismo”.

Los tres meses pasaron a seis y luego se fueron alargando hasta ahora, cinco años. “Quise frenarlo todo hasta que supiera a qué me quería dedicar y sentirme bien conmigo mismo, y sin añorar lo otro”. Si bien reconoce que “lo realmente difícil es aguantar sin trabajar y, mientras, seguir este proceso”.

Y en este tiempo ha podido hacer cosas que nunca había hecho. Me habla de estar con la pancha al sol en Formentera, de andar, viajar, leer….

Pero en el 2011, seis meses después de dejarlo todo, en un chequeo médico le dicen que el corazón, el hígado y el riñón no funcionaban bien, y que era posible que tuviera cáncer de pulmón. “Yo pensaba que me había tocado la china con las cervicales, y mira….” Y, al igual que en otros momentos del relato, me lo cuenta sin un ápice de dramatismo, e incluso con un toque de humor.  “El médico me preguntó ¿pero tu que has hecho?  y me dijo que si no llego a hacer ese cambio radical, mis órganos habrían reventado”. Y parece que tenía razón porque hoy se siente bien, sin rastro de todo eso, y convencido que todo tenía la misma causa. “Es que ya no tenía sentido que tuviera un cáncer. Otro doctor me dijo que menos mal que no me había operado las cervicales y que, según como vives la vida, esto puede recolocarse un poco,  pero que no hiciera más locuras como saltar en paracaídas”.

Cada paso que daba hacia su transformación era un paso que le alejaba más y más de su entorno social y familiar. Y así, empezó a distanciarse de las farras nocturnas con unos amigos a los que ahora encontraba superficiales, y de una  forma de vida que ya no le interesaba (hasta le dio por empezar a beber infusiones). La desconexión fue mutua, ya que sus amigos empezaron a ver en él a un loco, a una especie de  excéntrico ricachón, calificativo que perdió cuando  se le acabó el dinero y tuvo que empezar a venderse cosas. Entonces,  se quedó a secas con el de loco. “Adiós al tío cachondo y divertido que se gastaba un pastón en farras y con el que puedes pegarte la vida padre.” Mis amigos no lo entienden porque son como yo era antes y no quieren entrar en su problemática. Pero no se lo reprocho porque los entiendo y si los llamo no hay problema. Sólo que ahora yo estoy concentrado en mi mismo, y soy yo quien les dice que me he volado”. Más dura ha sido la reacción de su entorno familiar.  “Creen que estoy loco y no entienden cómo puedo haber dejado caer todo lo que tenía. Cómo he pasado de tenerlo todo a estar prácticamente a cero”.

Menos es más

 “El cambio más grande ha sido  pensar que no necesitas tener ni el 10% de lo que tienes para ser feliz. Le das un valor a algo que no lo tiene y te matas en la vida para tener eso que en el fondo no vale lo que te imaginas.¡ Esto es de locos! Yo tenía un montón de cosas en casa, no tiraba nunca nada. Cuando tuve que venderme mi escarabajo, un coche que me encantaba, y otras cosas que quería mucho, noté que sentía alivio, que era una carga menos. Me he vendido coches, motos, muchas cosas…”

Y aunque ya se ha fundido todos los ahorros, dice que no tiene miedo. “Antes tenía muchísimo, no controlaba el gasto y estaba más agobiado que ahora que voy con lupa. Ahora sé el valor de las cosas, y sé que lo más importante es que ahora me siento mucho mejor”.

Para poder tener una fuente de ingresos, (la única actualmente), en septiembre de 2015 puso en alquiler  su casa de Caldes de 170 m2 con jardín y jacuzzi, y se fue a vivir a un velero familiar de 25 m2. “Todo muy apretado, no adaptado para vivir allá, pero como está en un club, uso sus instalaciones. Y además, mi padre ha tenido el detalle de no cobrármelo” (se ríe).”¡Pero espero que sea provisional!”, dice.

 Domesticando la espera

 Y, riéndose de sí mismo, me cuenta que no sabe cómo se va a ganar la vida  “¡que no está mal, eh …!.”. Luego, ya serio, añade que “el problema es que yo he soltado mi forma de vida, pero aún no sé lo que quiero”. Y esa espera le está resultando muy dura porque, si por un lado ha soltado lo que tenía,  por el otro tiene que atar bien corto a ese caballo de carreras que dice que lleva dentro. “Soy un nervio, no soy un tipo parado ni tranquilo…  Me viene el pensamiento de oye, arranca ya de una vez. El caballo de carreras esta coceando y no es fácil dominarlo siendo como soy ”. Y sí, seguramente el haberse desprendido del poder empresarial ha sido su mayor desafío pero, a pesar de haber pasado por momentos críticos y de algunas dudas, su decisión se ha mantenido firme. “Es que tengo la sensación de ir bien guiado, que este es mi camino, aunque mi lógica me diga gana dinero, ten cosas,…. Lo más difícil es no caer en la tentación de lo que sabes hacer. Digo tentación porque es lo fácil, no porque me guste. Y si yo quisiera volver al tema empresarial seria fácil”.

Tampoco quiere dedicarse a la PNL. Lo probó pero no tiene paciencia, se cansa porque dice que es muy energético y no sabe ir poco a poco con la persona. “Pero soy bueno, y si acabo dedicándome a estos temas, haré algo que haya parido yo. No pierdo de vista que yo tengo que disfrutar. Pero a lo mejor descubro que soy feliz plantando patatas”.

Lo que le ha gustado, y mucho, es poder compartir su experiencia y la de los demás, en unas charlas que organizó para probarse a sí mismo a hablar en público y para ver la reacción de la gente al escuchar su historia. Además, así ha podido  conocer a gente que también ha pasado por otros cambios de rumbo existenciales. “ Es que, cuando salí de mi entorno social, no tenía otro donde entrar, y en este encajo perfectamente”.

Sin anclas

“Todo lo que he ido aprendiendo me ayuda a salir y, sobretodo, el asimilar las cosas desde el corazón. Porque yo sabía muchas cosas, pero las tenía en lo racional, lo sabía de teoría, pero no me había hecho clic. Y eso es lo que veo en mucha gente, que sabe mucha teoría pero no ha calado. Eso es lo difícil”. Me explica que ha aprendido a escucharse, a sentir, a conectar con la emoción “sin meditación ni nada. Al principio sí, porque vas perdido y necesitas un método. Luego te das cuenta que es mucho más sencillo. Es estar tranquilo, relajado. Te imaginas algo que quieres hacer, y observas qué sientes. Si va mal, lo dejas, y luego vuelves otro día a ver que sientes aquí” (se toca el plexo).

“Ahora tengo una cosa que me llena mucho y es que tengo libertad total, no estoy atado a las cosas. La sensación de no tener anclas es brutal, como no tengo nada, no tengo anclas…. Aún no me he quedado en pelotas pero, si es para estar sano, firmo ya. “Yo, el gran paso que hice fue cuando dejé de culpar a alguien. Yo tomé las riendas de mi vida cuando asumí mi responsabilidad y me di cuenta que esa forma de funcionar casi me mata. Ahora soy otro. Pero es que he limpiado mucha cosa que tenía que limpiar de mi mismo y ya estoy preparado para empezar a enfocar hacia donde….”

¿Acabará plantando patatas? No sé, no sé…. De momento, parece que sigue, en su tránsito vital, pacientemente confiado y abierto por obras.

 

 

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Un comentario en “Y Tono se fue a la mar

  1. …..abierto por obras ……cuantos nos encontramos en este estado de transito , de una tardía experiencia iniciatica , dedicándonos a la alquimia interior para descubrir nuestra verdadera esencia ….haciendo
    por fin estas obras pendientes para crear un espacio de silencio interior donde pueda ocurrir…….la vida.

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