Viajar para ser otro

Hace muchos años, Rosa Montero escribió esto:

(…) Porque la sustancia del viaje reside en el placer singular de dejar  tu propia personalidad, tu identidad, atrás. El viajero clásico viaja para liberarse de sí mismo: se integra en el nuevo paisaje, en las costumbres; aprende otras lenguas; prueba el sabor de otras comidas y de otros labios. Los grandes viajeros de la historia emprendían camino sin saber del todo su destino; muchos de ellos se quedaban detenidos en algún punto del itinerario y cambiaban el status de viajero por el de residente. Como el escritor Paul Bowles, por ejemplo, atrapado para siempre por el embrujo extranjero de Marruecos.

La vida humana es tan estrecha y breve, y la imaginación es, por el contrario, tan vasta y ambiciosa, que todas las personas sufrimos, en mayor o menor medida, cierta claustrofobia ante la existencia, la sensación de que la realidad se nos queda chica. Pongamos que uno ha nacido barón, blanco, castellano, sedentario, miope. De todo esto no hay ningún remedio, uno es como es, lo cual resulta muy poca cosa si se compara con la infinidad de las vidas posibles. ¿Y si hubiera sido más alto, más fuerte, hombre de acción, chino, mujer, canadiense, trapecista, monje budista, buzo, esquimal, bombero? Sigue leyendo

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