Viajar para ser otro

Hace muchos años, Rosa Montero escribió esto:

(…) Porque la sustancia del viaje reside en el placer singular de dejar  tu propia personalidad, tu identidad, atrás. El viajero clásico viaja para liberarse de sí mismo: se integra en el nuevo paisaje, en las costumbres; aprende otras lenguas; prueba el sabor de otras comidas y de otros labios. Los grandes viajeros de la historia emprendían camino sin saber del todo su destino; muchos de ellos se quedaban detenidos en algún punto del itinerario y cambiaban el status de viajero por el de residente. Como el escritor Paul Bowles, por ejemplo, atrapado para siempre por el embrujo extranjero de Marruecos.

La vida humana es tan estrecha y breve, y la imaginación es, por el contrario, tan vasta y ambiciosa, que todas las personas sufrimos, en mayor o menor medida, cierta claustrofobia ante la existencia, la sensación de que la realidad se nos queda chica. Pongamos que uno ha nacido barón, blanco, castellano, sedentario, miope. De todo esto no hay ningún remedio, uno es como es, lo cual resulta muy poca cosa si se compara con la infinidad de las vidas posibles. ¿Y si hubiera sido más alto, más fuerte, hombre de acción, chino, mujer, canadiense, trapecista, monje budista, buzo, esquimal, bombero?

El básico deseo de ser otros, y de salir del estrecho embudo de nuestro destino, es lo que hace que nos gusten el cine, las novelas, el teatro: porque nos ofrecen la posibilidad de emocionarnos con las vivencias ajenas. Pues bien, viajar es una actividad en el fondo muy semejante a estas artes recreativas: sólo que en vez de identificarnos momentáneamente con algunos personajes imaginarios intentamos imaginar que nosotros somos otro personaje. Y para ello cambiamos el mundo que tenemos alrededor, puesto que no podemos cambiar lo que en sustancias somos.

Algunos viajeros son tan radicales en ese deseo de ajeneidad y desdoblamiento que incluso asumen otro nombre, como Alí Bey (se llamaba en realidad Domingo Badía) o como la escritora ginebrina Isabelle Eberhardt, que se hizo pasar por varón, se convirtió al islamismo y a la postre se destruyó a sí misma. Pero no es necesario llegar tan lejos para paladear ese sabor a libertad interior que dan los viajes. Basta con emprender camino con un poco de calma (nada de tours organizados, por favor) a cualquier esquina del planeta. Y una vez allí dejarse mecer por la extrañeza del entorno, por el descubrimiento de lo menudo, por la sorpresa de sentirte vivo y capaz de contemplarlo todo con ojos nuevos. Como cuando uno era niño y todo estaba aún por decidir.

 

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Un comentario en “Viajar para ser otro

  1. Yo vivía en Londres y leía El Pais Semanal para hacer contacto con algo más próximo a mi cultura, pero sin ser mi propia cultura de orígen (soy brasileña). Y este texto de Rosa Montero, en la última página de la revista, me impresionó tanto que lo fotocopié y to tuve en la pared de mi cuarto por varios meses cuando volvi a Brasil. Hoy, pasados más de veinte años, sigo buscándolo, ves? Lo digité en mi ordenador hace tiempo y lo envié a muchos de mis amigos. Y ahora a pasear por internet, puse su titulo, “Viajar para Ser Otro”. Es que… de verdad, la vida humana es tan estrecha y breve…

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